En un pequeño artículo de 1982, “Broken windows and neighborhood safety” (The Atlantic Monthy, Vol 249, Nº 3, pp. 29-38, Marzo 1982), Wilson y Kelling argumentaban que a nivel comunitario, el desorden y el delito están inexorablemente unidos.
A partir de un conocido experimento de un psicólogo, Zimbardo, los autores planteaban que el desorden y la criminalidad formaban parte de una cierta secuencia social, de modo que si una ventana se deja sin reparar, el resto de las ventanas pronto estarían rotas. Que el control social era tan importante como las reglamentaciones formales, y que la permisividad de determinadas conductas “incívicas” o “desviadas” conducían al colapso de los controles sobre la propia comunidad, convirtiendo a la misma en zona potencialmente susceptible de “invasión criminal”. Su propuesta, de gran impacto en la comunidad científica, fue extensamente desarrollada.
La tesis de las ventanas rotas y la idea de la “tolerancia cero”, ha logrado en las última décadas gran resonancia, convirtiéndose en elemento clave que informa las políticas de seguridad ciudadana.
La metáfora de las ventanas rotas puede servir, sin embargo, para abordar la realidad sociopolítica mucho más allá del cuidado del mobiliario y la prevención de la decadencia urbana. Sirve también para señalar y etiquetar, en los términos de Howard Becker, comportamientos desviados susceptibles de criminalización.
Cuando el propio sistema de control social falla, cuando se flexibiliza respecto del comportamiento criminal, aparece la primera ventana rota.
¿Cuál es el papel que corresponde entonces al propio sistema respecto de la prevención de conductas criminales?

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